"ALCOHOL, PANTALLAS Y ROCK AND ROLL"

 

 

José Ignacio Macías

Director de Proyecto Hombre La Rioja

· Diario La Rioja | 25 de junio de 2026 ·

Los hijos no aprenden únicamente lo que les prohibimos; aprenden, sobre todo, aquello que nos ven hacer cada día

En La Rioja sabemos mucho de crianza –de vinos, quiero decir–. De la crianza de los hijos, quizá algo menos. Y, sin embargo, pocas veces se habla de la enorme contradicción educativa que se vive hoy en muchas familias: nos preocupa lo que consumen nuestros hijos, pero apenas revisamos lo que consumimos nosotros delante de ellos.

Durante años, el alcohol ha formado parte del paisaje cotidiano riojano con absoluta normalidad. El vino en las comidas, las rondas de bares, las fiestas patronales, las bodas, las comuniones o cualquier celebración familiar han construido una cultura social en la que beber no solo está aceptado, sino casi esperado. Los niños crecen viendo brindar a los adultos antes incluso de entender qué significa el alcohol. Escuchan frases como «por una copa no pasa nada», «hay que saber disfrutar» o «todos hemos bebido alguna vez». Y probablemente sea cierto. El problema aparece cuando confundimos normalidad cultural con inocuidad educativa.

Con las pantallas está ocurriendo algo muy parecido.

Muchos padres muestran preocupación porque sus hijos pasan demasiadas horas con el móvil, TikTok, YouTube o los videojuegos. Les inquieta que no lean, que no conversen, que se aíslen o que bajen sus resultados académicos. Pero esos mismos padres consultan WhatsApp durante la cena, responden a correos mientras juegan con sus hijos, revisan Instagram en el parque o mantienen la televisión permanentemente encendida en casa. El mensaje real no es el que damos con discursos sobre límites; el mensaje real es el ejemplo cotidiano.

La educación siempre ha funcionado más por imitación que por instrucciones.

Un niño no entiende por qué su padre puede pasar dos horas mirando el móvil y él no. Igual que un adolescente difícilmente percibirá el alcohol como un riesgo serio si desde pequeño ha visto que cualquier emoción adulta –celebrar, relajarse, socializar o desconectar– acaba alrededor de una copa.

No se trata de demonizar ni el vino ni la tecnología. Ambos forman parte de nuestra sociedad y ambos pueden convivir con una vida equilibrada. El problema aparece cuando los adultos minimizamos los riesgos porque esos consumos forman parte de nuestros propios hábitos. Nos cuesta detectar un abuso cuando el consumo se parece demasiado al nuestro.

Entonces llegan las señales de alarma: adolescentes incapaces de separarse del teléfono, conflictos familiares constantes, aislamiento social, fracaso escolar, problemas de sueño, ansiedad o dificultades para sostener una conversación sin mirar una pantalla cada pocos minutos. Igual que durante años muchas familias tardaron en reconocer problemas con el alcohol porque «todos bebían», ahora cuesta reconocer ciertas dependencias digitales porque «todos están enganchados».

Pero no, no todos los consumos son iguales ni todas las costumbres son inocuas solo porque estén normalizadas.

Quizá la pregunta incómoda no sea cuánto móvil usan nuestros hijos o cuándo empiezan a beber, sino qué modelo de relación con el ocio, la atención y el consumo estamos construyendo los adultos delante de ellos. Porque los hijos no aprenden únicamente lo que les prohibimos; aprenden, sobre todo, aquello que nos ven hacer cada día.

Y ahí, entre alcohol, pantallas y algo de rock and roll doméstico, quizá tengamos bastante más responsabilidad de la que nos gusta admitir.